Encrucijadas

En la travesía que es la vida hay muchas bifurcaciones y elegir un camino es siempre descartar otro. A veces es también dejar un cabo suelto, un qué hubiera sido, un si pudiera volver. Hoy estás con la mirada algo perdida y te llevás una mano a la frente. No es difícil adivinarlo, te encontrás detenido justo en una encrucijada. Y yo, me niego a ser un camino posible, una opción en esa disyuntiva. Solo  quiero que sepas que aunque tomes la autopista o escojas al final un atajo sin mapas, el tramo polvoriento, el fangoso o el más largo, lo que verdaderamente deseo es que me dejes acompañarte.

Paganismos

Me esfuerzo por no olvidar tus paganismos. Se que en algún momento (¡Qué me importa si te sonrojo!) necesitarás que te los recuerde. Pasa que, últimamente, saber que dejarás de creer que los truenos son el bombo del cielo y que las gotas de lluvia son sus lágrimas, hace que de mis ojos quiera escaparse alguna también. Sí, tal vez es una penita tonta, pero me invade un poco al entender que pronto va a evaporarse ese convencimiento tan auténtico de que los relámpagos son flashes de una gigantesca cámara de fotos. Solo espero, niño mío, que nada apague tus ganas de portarte feliz. Mientras tanto, debo confesar que conversando contigo me siento un poco como el aviador de “El Principito”: Él no podía ver corderos a través de una caja y por muy semejante a vos que me creas, a mi no se me ocurre que a las abejitas heridas podamos curarlas con miel.


Herencias

“Hetaitereíma repuká, upéi nerasẽta hina”* La expresión parecía un aviso, pero caía casi como una sentencia y eran las abuelas o las madres las encargadas de dictarla cuando no parábamos de reír. Suena contradictorio, pero supongo que buscando menguar sus propias lágrimas futuras, ellas también aprendieron a mesurar su alegría cuando recordaban la frase (muy a menudo, por cierto). Esa herencia maldita se me metió tanto en la piel que no puedo ser feliz sin estar alerta. Y acá me tienen, este luminoso sábado, esperando nomás que la abundante dicha de estos días venga pronto a pasarme su factura.

Parejas - Chance*

Si acaso la llevábamos, ya perdimos la cuenta de los vinos y los besos, de las frugales cenitas a la luz de tus ojos, del ensayo de vida en común (y en extraordinario) que hacemos de sábado en sábado.  El calendario asegura que no ha pasado mucho tiempo, pero con tanto sospecho que miente. Como sea, estamos sobreviviendo a un durísimo invierno, y sin querer, casi como una cábala, pensamos ya en el sudor de diciembre, en el verano que pronto va a instalarse en estas cuatro paredes y cuatro brazos que nos guardan, en esta suma de los dos que con tanto placer resulta en uno. Ignoramos la sentencia que nos dictará el tiempo, pero soy feliz de saber que los recuerdos que te quedarán de mí serán estos y olerán a suerte.


*Fr. Chance, Suerte

Parejas - Cicatrices



Es duro no tener siquiera el consuelo de esconder la cicatriz. Es dura la certeza de que será visible y fea, casi un estigma, la marca que con el tiempo va a reemplazar a la herida dándote la razón: nadie va a querer a esta muñeca rota. Doler, doler, ya no duele. De verdad. Ahora sólo supura la bronca de saber que pude evitarlo, la rabia de adivinar que en el proceso, apenas baje la guardia, disfrazando de empatía el regodeo, descascararás la costra hasta que vuelva a sangrar.

Parejas - Pies

Todavía estamos abrazados, enredados para ser precisos, cuando sin desanudarnos, a veces te me escapás. Tus recuerdos van corriendo descalzos, con la infalible fórmula de las zapatillas puestas en las manos para ganar velocidad. Así es como retrocedés jadeando, pero triunfante, hasta el principio del milenio, hasta tu infancia de pelotas y bicicletas. Así es como empezás a revivirla, narrándome "la vuelta a la manzana" o el "veinticinco" y sus reglas intrincadas.

Sin soltarme de vos,  yo te escucho como si leyera cuentos de Sacheri, pero con más magia si cabe, porque no sólo lo relatás con palabras, también lo hacés con esos ojos que amo y que brillan de un modo especial logrando que, aun sabiéndote más allá que acá, me sienta una espectadora privilegiada.

Los he maltratado mucho jugando, es por eso que escondo los pies, rematás volviendo a esta noche de agosto de dos-mil-dieciocho. Yo no miro, no hace falta. Sólo aprovecho que seguimos anudados y te los acaricio despacito con los míos. Secretamente les agradezco que, cualquiera sea el camino que hayan tomado, te trajeran hasta mí.

Parejas El espacio

Cuando te vi irremediablemente cómodo, atrevidamente instalado, prácticamente disponiendo de mi espacio, con el herido orgullo  de ver vencidas mis últimas trincheras te advertí que no hicieras planes que nadie dijo que volverías. Intrépido, como nadie, lo soslayaste. Hoy, como cincuenta lunas después, lo recuerdo y me corrijo: nadie dijo que volverías: No regresa quien no se va.

Parejas Las oportunidades



Ayer, regresando de un viaje largo, te vi. Eras vos, bueno no vos exactamente sino el pibe que eras hace unos años, flaco, con ese pelo alborotado, recién llegado de Baires, oyendo música, jugando con los dedos como si fueran baquetas. A tu lado iba alguien que bien podría ser tu eterno amigo “el negro”, el de ese tiempo. No fue un espejismo, lo juro. Estabas tan a mi alcance que podría haberte dicho “che, pendejo, hacelo bien esta vez”. Pero no, nunca dejaste que te señalara el camino, por qué lo harías ahora. Además, no era una chance para vos, ya tendrías tiempo de equivocarte y acertar, era más bien una oportunidad para mí, era la vida, con sus símbolos locos, dándome la posibilidad de cerrar los ojos y, esta vez, dejar que pasaras de largo.


Parejas Los hilos


Te sentaste junto a mí con tu liada madeja de pesadumbres. No querías ayuda precisamente, sino un testigo de tu justicia, de la paciencia con la que intentabas desenmarañar ese caos. Lo noté al instante,  estabas obstinado en no cortar los hilos aunque eso lo hiciera más fácil (atar es una forma precaria de reanudar lo que sea) por eso buscabas la certeza de que realmente no había otra salida. Seguías en ello y yo en mi serio rol de observadora, cuando, ignorando ambos quién mueve los hilos, inevitablemente terminamos enredados.

Parejas La competencia

Aplastar al otro, ese ha sido siempre su objetivo de competir. Su deporte. Ni siquiera ganar. El placer estaba en ver al rival derrotado. Nunca descartó jugar sucio, a lo Tonya Harding. Vivió en disputa incluso contra quienes quisieron ayudarle a sumar fuerzas y cuando le llegó el amor lo puso cara a cara contra su amor propio. Él solo, él contra el mundo. Olvidó que compitiendo siempre, en todo, perder también era una posibilidad y enfrascado en ese absurdo, tampoco ganó ella, como se empeña en culpar, pero él sí la perdió.